No tomarás el nombre de Leonardo en vano

«¿Di Caprioooooo?» gritó Edith como haciéndose la chistosita en medio de un silencio que acentuó la indignación de los presentes, si has visto el Chavo del Ocho sabes a qué me refiero y déjame explicarte el contexto.

Estaba con un grupo de amigos conociendo varias partes de Florencia. Si la memoria no me falla Denisse y Edith habían ido a visitar al Pollo para conocer Italia; Gastón y algún otro amigo completábamos el equipo de alegres mexicanos caracterizados por nuestra imprudencia.

Debo decir que no me acuerdo bien y si en esta historia estoy omitiendo o tergiversando algo, me disculpen los protagonistas pero estoy seguro que ellos también han olvidado muchos de estos detalles, sea por el tiempo transcurrido o por la dignidad que hemos acaso desarrollado.

Era el 2004 o quizás el 2005, la época del boom del Código Da Vinci que detonó muchas visitas al Louvre y demás museos que albergan obras el genio renacentista, como la Galería de los Uffizi en Florencia que orgullosa cuida de La Anunciación y la Adoración de los Magos.

Y aunque a los florentinos no les hacía para nada falta, el tema de Leonardo y las miles de visitas extra que estaban teniendo los hacía sentirse más orgullosos de ser el epicentro de las conversaciones artísticas del momento. Muchas de estas visitas llegaban preguntando cómo llegar a Vinci, el cercano lugar de nacimiento del artista y la razón de nuestra historia.

Resulta que estábamos en un bus por las afueras de Florencia, habíamos ido a unos outlets de marcas como Versace, Gucci, Prada y todas esas; porque pues “si ya estábamos ahí, ¿qué importa más?”. Ya sabes. El caso es que al no ser una zona turística, el bus estaba lleno de florentinos locales siendo nosotros los únicos foráneos.

Regresando de la excursión de shopping de bajo (muy bajo) presupuesto, nuestras visitas iban cargando algunas bolsas de sus compras y platicando sobre los demás destinos que deberíamos conocer, por lo que iluso yo, tuve la gran idea de sugerir la casa más buscada del momento.

«Deberíamos ir a la casa de Leonardo», dije entusiasmado y hoy entiendo que imprudente.

«¿Di Caprioooooo?» respondió Edith mitad por chiste y mitad por su necesidad de comprobar que Jack nunca murió de frío.

No tienes idea las miradas que recibimos.

Escribo esto y me muero de risa ya superada la vergüenza y pasados los muchos años.

Nos miraban los locales como tratando de entender la situación, como tratando de decidir como se iban a sentir al respecto: si lo que acababan de escuchar era un chiste de mal gusto porque de plano éramos muy irrespetuosos o les íbamos a dar lástima porque nuestro código postal no nos daba para mas.

«Da Vinci, Leonardo Da Vinci», contesté y es lo último que me acuerdo de ese episodio que no fue el único que nos regalaron nuestras visitas, pero gracias a esto pude aprender algo.

Entendí que cada lugar tiene orgullos y símbolos que no deben ser tomados a la ligera.

Entendí que cada sociedad tiene sus propios mandamientos, como este que en Florencia jamás debe ser transgredido y que dice más o menos así: “No tomarás el nombre de Leonardo en vano”.

Desde entonces, espero haberlo guardado al pie de la letra.

Desde entonces esta anécdota nos regala risas cada vez que alguien se acuerda, y esto también es el poder de las buenas historias.

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Hago reseñas de libros y creo en el poder del verdadero storytelling.

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