La canasta basquetbolera que me enseñó a reírme de los planes

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La vez que más me he reído en la vida fue esa tarde hace como 25 años después de una peculiar canasta basquetbolera.

Vivía en la calle Cabrera de un barrio común en Montemorelos. Solía salir a jugar futbol y basquet con los amigos vecinos de la cuadra, pero cuando se trataba de basquetbol era Morty el que mejor jugaba y más le sabía a todo lo relacionado a la NBA y sus jugadores.

Esa tarde era la que habíamos pactado Milton, Morty y yo para invadir la cancha de una casa que estaba a la vuelta de donde vivíamos. Era una mini-cancha de basquet con una canasta casera e improvisada a la que le habíamos estado echando el ojo desde hacía semanas.

Ya teníamos identificados el horario y el día exacto en que podíamos ir a jugar sin que nadie se diera cuenta: el martes a las 7:27pm. La tarde especial para la misión.

Durante días imaginamos cuál iba a ser la estrategia de incursión y vigilancia, definimos también la dinámica de las retas y hasta practicamos unos días con tal de aprovechar al máximo la cancha que íbamos a invadir.

La verdad es que estaba más fácil de lo que suena: era una casa con una barda de como 20cm de altura, sin puerta y con dueños que nunca estaban. Pero en nuestra cabeza era una misión especial, era la tarde en que íbamos a dejar de encestar el balón en una vieja cubeta de pintura para por fin jugar en una canasta casera, no sabíamos qué se sentía eso pero imaginábamos que iba a ser como las duelas que conquistaron Michael Jordan y el Magic Johnson.

Las 7:25, llegó así la hora de ponernos nerviosos mientras nos metíamos en nuestro papel de expertos allanadores.

Conforme al plan, caminamos en silencio a la tienda de la esquina viendo para todos lados asegurándonos que no hubiera absolutamente nadie. Como no había whatsapp ni nada de eso, nos mandábamos mensajes a pura mirada. Esa fue la única vez que pude comunicarme telepáticamente.

Avanzó el primero, el que estaba más deseoso de lanzar el primer disparo, Morty. Le siguió Milton y al final yo. Como era el más chaparro me tocó echar el último vistazo.

Me acuerdo que al cruzar la inexistente puerta respiré lentamente mientras traía el corazón a mil por hora, síntoma inequívoco de la juvenil adrenalina, esa que pasados los 25 años solo se saborea a manera de nostálgicas memorias como esta que te estoy contando.

Un pie en la cancha, luego el otro y finalmente la anhelada sensación como de pisar una duela.

Los tres sabíamos lo que íbamos a hacer: íbamos a calentar con unos lances antes de arrancar las retas. Teníamos aproximadamente 23 minutos para sacarle todo el jugo a la cancha.

La canasta no era muy alta, y la dizque duela era de piso de cemento en un patio bastante descuidado. Pero eso no le importó a Morty que al botar por vez primera el balón se sintió en las finales de la NBA, lo botó de nuevo mientras Milton y yo sabíamos lo que iba a hacer: iba a hacer la clavada de su vida.

Tomó vuelo, corrió y hasta sacó la lengua mientras brincaba para encestar el balón con las dos manos en el aro, dejando caer toda la energía acumulada de un fanático que ha visto cientos de partidos de la NBA. Y aunque de público espectador solo estábamos Milton y yo, el improvisado acróbata se sentía aplaudido y celebrado por miles.

Y no era para menos, porque sabíamos lo que esa canasta significaba para él y para los tres, aunque en ese momento no imaginábamos la memoria que estábamos construyendo.

Apenas tocaron sus pies el piso, la canasta se empezó a tambalear, primero el aro, luego el tablero, luego el tubo y finalmente el débil soporte de concreto que no estaba calculado para esa inmortal canasta.

En cámara lenta vimos como se vino toda la canasta abajo y con ella nuestra tarde de basquetbol se convirtió en algo mejor.

En la última acción telepática que he experimentado, nos miramos todos tratando de reaccionar ante algo que no habíamos planeado, la única respuesta era el apresurado e inmediato escape.

Salimos corriendo como locos a la casa para tirarnos al piso y retorcernos a carcajadas, atesorando esa risa que solo te da una vez en la vida.

No se cuanto tiempo pasamos tirados en el piso riéndonos, pero te juro que me sigo riendo. Escribo esto y me estoy muriendo de risa solo de acordarme de nuestro nivel legendario de carcajadas.

El allanamiento basquetbolero se convirtió así en una épica risa por los resultados inesperados a pesar del exceso de planeación, aunque no me di cuenta en ese momento, desarrollé la gran actitud de reírme de lo chusco de la vida y la sabia elección de hacerlo al lado de mis amigos. Desde entonces trato de reírme siempre que las cosas no salen como se planean.

Ninguna otra tarde fue tan chistosa y tan pedagógica, como esa vez de la peculiar canasta basquetbolera hace como 25 años.

Creo en el poder del verdadero storytelling.

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