El dolor de panza más grande del mundo pt. 2

— I’m just fat! I’m just fat!

Gritaba Pipo mientras se ponía duro evitando que el doctor lo acostara en la cama del hospital para palparle la panza. Unos 10 estudiantes de medicina miraban asombrados mientras mi compadre gritaba más fuerte y se agarraba el mórbido balón que lleva por barriga hasta que uno de esos estudiantes detuvo al viejito y le explicó que efectivamente Pipo no estaba enfermo, solo estaba panzón y era muy chistoso.

Reímos todos: estudiantes, doctor, los demás pacientes y nosotros, los siempre vestidos de verde.

Era la mañana del lunes 18 de junio del 2020, habían transcurrido ya varias horas desde mi llegada al hospital y ese era mi primer momento de risa. Pero, ¿cómo pasamos de la ambulancia a Pipo salvando la dignidad de su abdomen? ¿Qué hacía en una cama de hospital si no estaba enfermo? ¿En qué momento comenzó a hablar en lenguas?

Fue a las afueras del estadio cuando llegaron los paramédicos a buscarme, apresurados me subieron a la camilla donde me llevaron a la ambulancia con destino al hospital, a partir de ahí Pipo desarrolló el arte de la desalcoholización instantánea y el imperativo don de lenguas, ya que, como era de imaginar, los paramédicos no hablaban inglés. Como ningún ruso.

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Dolor máximo mientras íbamos en la ambulancia

Era apenas nuestro tercer día en Rusia y ya nos habíamos dado cuenta de esta peculiaridad. Para comunicarnos usábamos el Google Translate. Así descubrimos que le puedes dictar y la aplicación te traduce al idioma deseado. Todos los que trataban de comunicarse con nosotros así le hacían. Al inicio era chistoso que cada taxista quisiera sacarnos plática porque #mexicanos, pero después de algunos días ya nadie de nosotros quería irse adelante en los carros para no sufrir las pláticas de telegrama y gritos inconexos.

Así que entre la velocidad y la sirena de la ambulancia y mis quejas de insoportable dolor, Pipo se adueñó de la conversación con los paramédicos. Sabrá Dios como les dijo que yo no era alérgico a nada, les explicó donde me dolía y exactamente qué sentía, les dio cada detalle de nuestro día y les mostró que llevaba puesto mi fan ID (un gafete que nos dieron a todos los asistentes al mundial y que nos pidieron que siempre trajéramos, ya que era el equivalente a la visa y a un seguro médico), que había comido hot dogs, una coca y que no tomaba alcohol; en medio de la urgente tempestad el improvisado profeta-intérprete cotorreaba tranquilamente como lo hace en las carnes asadas.

Y gracias a esa tranquilidad con tintes familiares, acostado en la camilla y doblado de dolor, pude finalmente escuchar la voz de mi jefa que me decía: “recuerda que a todos en la familia nos han quitado la vesícula, por eso siempre te digo que tengas cuidado con la alimentación que llevas, porque claro que te iba a tronar tarde o temprano”. Y como ya imaginas, me lo decía con el tonito que hacen todas las jefas sabedoras de sus inequívocos consejos. Tú sabes a qué tono me refiero.

— Pipo, Pipo, diles que lo más seguro es que tenga pedos en la vesícula.

El profeta de las múltiples lenguas les pasó el mensaje como quien manda un certero pase de gol, mientras los paramédicos asentían con la cabeza confirmando el veinte que les caía y uno de ellos se preparaba para ponerme una inyección tan lenta y dolorosa como necesaria.

El misterioso origen del dolor era ya una hipótesis.

Entonces llegamos a la zona de urgencias del hospital bien pintada de verde por tantos compatriotas caídos en la batalla del alcohol y la algarabía futbolera. Los paramédicos me entregaban como paquete de Estafeta. Como papa caliente.

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Así estaba llegando al hospital donde me esperaban con esta silla de ruedas

Si yo te preguntara dónde se encuentra el ser más noble del mundo, seguro me dirías que en el Tíbet o en alguna escuela de mi rancho.

Pero no.

Imagina que la Madre Teresa tuvo un hijo con Gandhi. Imagina que ese hijo pasa su vida rescatando elefantes huérfanos de África de día y mexicanos tercos que no le hacen caso a sus mamás por la noche. Exacto, así como lo imaginas era Igor, gordo, güero y buena onda el enfermero ruso que a partir de ese instante se convirtió en chofer de mi silla de ruedas, en abogado fiel contra todos los trámites y sí, adivinaste, en mejor amigo de Pipo.

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El buen Igor, tremendo enfermero ruso de gran corazón y paciencia

De inmediato me llevaron a sacarme sangre, con una enfermera que para este punto ya sabes a través de quién supo mi historia.

Un doctor.
Otro.
Un piso, un pasillo, otro.

De repente ya me estaban haciendo un ultrasonido.

— It’s a boy, it’s a boy! — gritaba Pipo a lo lejos mientras el doctor todo serio no entendía el humor con que los mexicanos encaramos las tragedias.

Para entonces el dolor ya iba cediendo y el buen Igor incansable me llevaba a todos lados del hospital mientras hablaba con Pipo de futbol, lo sé porque alcanzaba a escuchar nombres como Messi y Hugo Sánchez.

Ahora el problema era que yo estaba más dopado que Maradona en 1994 y definitivamente no iba a sobrevivir sin el intérprete más grande del mundo: aquel que es capaz de autodesemborracharse súbitamente para salvarle la vida a un amigo.

Ambos sabíamos de lo necesaria y urgente que era la permanencia de Pipo, pero ¿cómo carajos le iba a hacer para colarse en el Hospital #1 de Moscú y que lo dejaran dormir? ¿Qué acaso los rusos no tienen la mayor seguridad y rectitud del mundo?

Porque no solo iba a pasar la noche, también conseguiría una cama para él solo con desayuno incluído, en el hospital principal de la ciudad más concurrida y estricta de todo el mundo en ese momento.

¿Cómo le iba a hacer Pipo para evadir los inalterables protocolos de un hospital concebido en la antigua Unión Soviética?

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Creo en el poder del verdadero storytelling.

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