El dolor de panza más grande del mundo pt. 1

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Así terminé en un hospital de Rusia

— Otro mexicano caído por el alcohol, ¡viva México!
— No we, la neta no tomo.

— Y a ti, ¿qué te pasó paisano? Te pasaste de chelas, ¿verdad?
— No hermano, estoy aquí porque me duele la panza.

— No mames, tú si te enfiestaste de más, ¡hasta en silla de ruedas te traen! ¡A huevo carnal!
— Es que no puedo ni caminar, compadre.

Así me recibían varios compatriotas en la entrada de urgencias del Hospital #1 de Moscú el 17 de junio de 2018, pocos minutos después del triunfo de la selección mexicana en su debut mundialista contra Alemania.

Todas eran camisetas verdes, unos fracturados, algunos ensangrentados, otros vomitando de borrachos y unos de plano bien noqueados. Nadie supo reaccionar a la insospechada victoria sobre el campeón del mundo vigente, éramos novatos en eso y se nos notaba.

Pero yo estaba ahí por una bomba de tiempo que tarde o temprano iba a explotar. Déjame contarte desde el principio.

Andaba en el mundial de Rusia 2018 con Pipo y Enoc en un viaje que habíamos planeado con más de un año de anticipación. Primero pasamos por Berlín y Auschwitz, para luego ir a cuatro ciudades rusas y finalmente terminar nuestro recorrido en Pekín. Aunque parece que esta ciudad china no tiene nada que ver, la escogimos como cierre para poderle dar la vuelta al mundo, regresando por el Pacífico de un viaje que iniciamos cruzando el Atlántico. De esta forma, diseñamos el viaje pensando en nuestros intereses (como el futbol y la Segunda Guerra Mundial) y en la historia que contaríamos: no solo fuimos al mundial, también le dimos la vuelta al orbe en un mes.

Todo iba bien hasta que me empezó a doler la panza al inicio del partido México vs Alemania. Pipo y yo nos habíamos comido unos hot dogs y una coca, porque ya sabes, alimentación en modo turista. Error.

Sentí unos dos o tres piquetes en la boca del estómago, “será la gastritis”, pensé. En el fondo oía mil y una voces. Por un lado los miles de mexicanos enloquecidos de folclor y nacionalismo del que nos da un mes cada 4 años en veranos extranjeros. Y por otro lado, la voz de mi jefa que es la voz de todas nuestras jefecitas: “come bien, no te vaya a caer mal la comida y luego sabrá Dios quien te va a cuidar”. Mi jefa no contaba con Pipo.

El cuarto piquete ya no lo sentí porque el himno nacional hizo que me explotaran la adrenalina, la dopamina, las endorfinas, la oxitocina y cuanta cosina; el punto es que entre tanta euforia y emoción dejé de sentir el dolor, el cuerpo y hasta el alma.

Pero llegué al máximo estado de trance cuando el Chucky Lozano inyectó el balón en las redes germanas: la anestesia definitiva, dopado de pasión sin precedente. Ahí sí que me sentía a todo dar disfrutando en vivo y en directo la increíble hazaña de ganarle a Alemania. ¡Al campeón del mundo, maldita sea!

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La cheve número 17 de Pipo

Silbó el árbitro.
Miles de abrazos.
Fiesta mexicana en Rusia.
Intercambio de bufandas.
90 minutos exactos duró mi anestesia.

Poco a poco mientras mi euforia bajaba los brazos, era mi panza quien levantaba la mano como reclamando atención urgente.

Le dije a Pipo (para entonces muy alcoholizado) que nos sentáramos un rato mientras veíamos el exilio de la horda mexicana en lo que el festejo del inverosímil triunfo se trasladaba de las gradas a la explanada y de la explanada a las calles.

Pipo y yo hablábamos idiomas diferentes: ni él (ni nadie) encontraba los adjetivos para describir lo que apenas había pasado en la cancha, ni yo encontraba las palabras para entender el dolor de mi panza.

Fui a vomitar, creí que eso acabaría con el dolor.
Nada.
Caminamos otro poco.

Los piquetes se sentían al ritmo del reloj.
Tic tac, dolía, bastante.
Le dije que nos sentáramos en una banca.

Ahí Pipo encontró a uno que estaba más borracho que él, tan borracho que se quedó dormido mientras Pipo arrastrando la lengua le seguía platicando del gol del Muñeco Diabólico. Lo recuerdo bien porque yo trataba de distraerme del dolor con su plática de borrachos. Era muy chistosa.

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Doblado del dolor escuchaba su plática de borrachos

Caminamos otro poco.
El dolor seguía in crescendo, tic tac.
Le dije que nos sentáramos debajo de un árbol.

Mientras a Pipo se le subía la borrachera a mi se me bajaba la sangre del cuerpo.

A mi lado estaba, afortunadamente, el otro mexicano sobrio en el mundo.

— Te sientes bien mal, ¿verdad?
— Un chorro.
— Te ves muy pálido. ¿Le hablo a la ambulancia?
— Si we, porfa.

Se fue corriendo por los paramédicos que rápido llegaron con la camilla mientras a Pipo se le bajaba la borrachera del susto y aunque él no lo sabía, a partir de ahí comenzó a hablar en lenguas, el don del espíritu que me salvó la vida.

» Lee la segunda parte.

Creo en el poder del verdadero storytelling.

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